Los siete Portales - primeros capítulos

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1. Un trío travieso.

  

El golpeteo lo fue despertando lentamente, no lo sobresaltó, ya estaba acostumbrado puesto que se repetía todas las mañanas. Era Simón, el ganso, que estaba con ellos desde hacía ya seis o siete años. Golpeaba con su pico contra el vidrio de la puerta-ventana del dormitorio buscando, seguramente, su desayuno.

 

Eran las 7.30 de la mañana y Tomás, como siempre, fue el primero en despertarse. Dormía en el mismo cuarto que sus dos hermanos Lucía y Santiago. El dormitorio no era grande pero sí muy luminoso con la puerta ventana que daba al jardín y un espectacular bow-window que miraba al norte y por el que entraban los rayos del sol durante todo el día.

 

Dormía en la cama de abajo de una cucheta de madera, mientras que Lucía, la mayor de los tres, lo hacía en la de arriba. Santiago, el menor, dormía en una cama-cajón que salía de debajo de la cucheta. A los tres les encantaba su cuarto, chico y con poco espacio para guardar sus cosas pero que les había permitido conservar esa cucheta que tanto les gustaba.

 

Era verano y estaban de vacaciones. Las clases habían terminado y tenían por delante 80 días de disfrute total. En las mañanas se repetía siempre la misma rutina: Tomy, que era el primero en despertarse con los ruiditos de Simón, se levantaba, subía en silencio a la cama de Luli y la despertaba sigilosamente. Luego los dos comenzaban a llamarlo cariñosamente a Santi y cuando éste abría sus ojos, ambos se tiraban desde la cama de arriba en palomita sobre él, quien indefectiblemente siempre se pegaba un flor de susto. Luego los tres salían a jugar con Simón, el ganso y Tango, el perro.

 

Tango tenía nueve años, la misma edad que Santi. Se lo habían regalado a Luli y Tomy cuando éste nació para suavizar el impacto del nuevo hermanito y los celos que pudiese producir. Era un perrazo de color café con leche, no muy alto, pero macizo y muy, muy, bravo. Decían que era cruza de una perra fila con un barbilla aunque nunca nadie supo explicar cómo se había podido producir tal cruzamiento. Tango había heredado de su madre la robustez y fiereza de los fila pero no así su tamaño. Esto le había costado partes de sus orejas y tremendas cicatrices; sus enfrentamientos, sobre todo con la banda de ovejeros alemanes del vecino de enfrente que tenía un criadero, eran muy rudos. Ese día en especial, le encontraron a Tango unas manchas de sangre en el lomo y la cara.

–¿Las ves Luli, ahí, cerca de la nariz? ¿Estará herido? –preguntó Tomy.

–¡Y acá también! –dijo Santi señalándole el lomo.

–A veeer..., no..., no está herido, la sangre es de otro aclaró Luli segura después de revisarlo.

 

Mientras lo limpiaban, Santi que estaba jugando con Simón se acercó a ellos corriendo...

–¡Chicos...! Chicos, ahí viene el vecino, y no viene con cara de buenos amigos.

–¿Qué hacemos? –preguntó Luli.

–¡Rajemos a escondernos! –gritó Santi mientras corría hacia su cuarto.

 

Sin pensarlo, los otros dos lo siguieron levantando polvo. Rápidamente se tiraron sobre la cama de Tomy y se taparon con el acolchado. No habían pasado dos minutos cuando sintieron los golpes en la puerta principal. Estos se hacían cada vez más fuertes a medida que pasaba el tiempo y nadie atendía.

–¿Qué hacemos? –dijo Luly–. Va a despertar a papá y mamá.

–Y papá se va a enojar con Tango y seguramente lo atará por una semana entera. Tango odia que lo aten aclaró Santi.

–Yo voy a abrir y a ver qué diablos quiere –dijo Tomy muy decidido.

 

Tomy era el más valiente y fuerte de los tres hermanos. Desde chiquito jamás le había tenido miedo a la oscuridad y tenía un poder especial con todos los animales e insectos. Cuando tenía cuatro años se había hecho famoso entre sus compañeros del colegio como “el amo de los sapos”, por su afición con estos animales y su sorprendente método de captura.

No había un solo amigote que no muriese por ir después de clase a su casa, a verlo de cacería. Tenía una técnica muy especial y personal. Buscaba en el jardín los agujeros de las cuevas, luego metía su dedo para ver si el dueño de casa se encontraba y de ser así, traía la manguera y procedía a llenar el agujero con agua. Esperaba a que el sapo se asomara para respirar y ahí mismo lo pescaba de la cabeza y lo sacaba. Había dominado tanto esta técnica que lo hacía con una velocidad y precisión asombrosas. Podía saber exactamente el tamaño del sapo con ver solamente el tamaño del agujero de entrada de la cueva. Pero nunca les había hecho ningún daño; jugaba un rato con ellos, les hacía una piscinita en el barro y luego los dejaba libres.

 

Era el más alto de los tres, delgado pero fibroso. “Y el más parecido a su padre”, decía éste sin llegar a convencer a nadie. Con cara redondita, ojos color miel, cabello castaño bien corto que dejaba al descubierto una cantidad de remolinos que, de haber estado largo, hubiesen resultado imposibles de peinar.

 

Buenos días, vecino dijo con voz inocente mientras abría la puerta. ¿En qué lo puedo ayudar?

 

Enfrente de él, del otro lado del umbral de la puerta, se encontraba la figura de Odoro Porco del Estanque, un hombre realmente desagradable. No era muy alto pero sí gordazo. Tenía la cara toda marcada por una varicela juvenil mal curada, y siempre, pero siempre, bañada en sudor. Las gotas nacían en su cabellera grasosa y despeinada, recorrían su frente rolliza y después de deslizarse por el tabique ganchudo de su nariz, colgaban de ésta por unos minutos hasta que su peso las hacía caer hasta estrellarse contra su voluminoso y emergente abdomen. Pero lo que realmente más miedo daba era su expresión, como la de un chancho jabalí pronto para arremeter, y era conocido y temido en el barrio por su mal humor y carácter agrio.

 

Y allí estaban los dos, frente a frente, solo que Tomy como una cabeza y media más abajo. A pesar de que el niño no era mucho más bajo, la diferencia de tamaño era impresionante y por un momento, le vino a la mente la imagen de David enfrentándose a Goliat.

 

–¡Qué buenos días ni que ocho cuartos! –respondió tratando de controlar su malhumor, sin conseguirlo–. Vengo a hablar con tu padre porque el perrito de ustedes atacó a dos de mis ovejeros. Le arrancó un colmillo a uno y el otro tiene herida una pata y casi no puede abrir el ojo derecho. Esto me va a salir una fortuna de veterinario. Mis perros son puros, con pedigree, no como ese perrucho maltrecho de ustedes. Lamento el día en que…

–Perdón... –lo cortó Tomy–, mi perrucho tiene nombre, se llama Tango, y no está nada maltrecho... al menos no hoy. Y si se peleó con sus perros será porque ellos lo habrán buscado. Todos saben en la cuadra que sus perros son unos buscapleitos.

–¡Pero habrase visto tamaña insolencia! –respondió sin poder creer la respuesta que había recibido–. ¡Quiero hablar con tu padre! –dijo levantando la voz.

–Él está durmiendo y le pido que no grite porque lo puede despertar –respondió el muy desfachatado.

–¿Que no quÉ...? –gritó el vecino fuera de sí.

 

En ese momento apareció Simón graznando y estirando el pico amenazadoramente. Era un espectáculo verlo con sus alas extendidas. Alcanzaba un tamaño que  realmente metía miedo.

 

Al verse atacado el vecino por este aluvión de furia, giró para alejarse del ganso pero se encontró a Tango, que con su boca entreabierta y los labios tensos y temblorosos le mostraba sus colmillos mientras emitía un gruñido grueso y profundo. Sorprendido y asustado decidió poner pies en polvorosa con la mala suerte de que tropezó con los escalones del porche, cayó aparatosamente al suelo y rodó hacia la calle, mientras Tango le ladraba y Simón le picaba en su enorme trasero.

 

Mientras se retiraba apresurado y trastabillando alcanzó a gritar:

–Dile a tu padre que me llame. ¡Ésta me la pagarán!

–¡Gracias Simón, gracias Tango! ¡Buena mano me dieron para zafar de ese gordo pesado y malhumorado! –les agradeció mientras estos volvían.

Luli y Santi lo esperaban atrás de la puerta.

–¡Bravo, Tomy! Éste no vuelve por aquí –gritó Santi alucinado.

–Ojalá se haya roto todas las costillas.

–¡Santi, no seas malo, eso no lo digas ni en broma! –le increpó Luli preocupada–. ¿Ustedes creen que el pobrecillo se habrá lastimado? ¿No deberíamos ir a ver cómo está?

Luli era una niña tierna y sensible, dos años y tres meses mayor que Tomy. Era sin embargo más baja, característica que había heredado de su madre, así como también su belleza. Era rubia, de pelo suave y enrulado cortado a la altura de los hombros. Tenía unos hermosos ojos verdes y una nariz muy pequeña. Cuando nació, decían sus tíos que no tenía nariz sino dos agujeros donde, aseguraban, se podían enchufar cosas. Era muy lista e inteligente. Esto y el hecho de ser la mayor, le habían hecho ganar el puesto de líder de este grupo tan singular.

Si bien era un poco asustadiza le encantaban los retos y el riesgo. Loca por la naturaleza y su preservación, encontraba una atracción especial por los árboles y sus habitantes. Disfrutaba trepar en cuanto árbol se cruzaba en su camino, no paraba hasta la copa y aseguraba sentir, cuando perdía el contacto con el piso, la savia fluyendo bajo la corteza.

 

Otro de los rituales matutinos de los niños era ir en patota a despertar a sus padres. No eran equitativos a la hora de hacerlo: mientras a Jazmín, la mamá, la despertaban cariñosamente con besos y caricias, a papá Pedro le saltaban arriba gritando, “queremos jugar una luchita”, un clásico en la cama del matrimonio.

 

Luego fueron juntos a desayunar y entre carcajadas y chanzas decidieron contarle a sus padres el altercado ocurrido esa misma mañana con el vecino.

 

Mientras iban desarrollando el cuento, Santiago se empezó a tentar de la risa pero pudo controlarse hasta el momento en que contaron cómo Odoro había salido rodando hasta la calle. Allí ya no pudo más y estalló en carcajadas. Su risa era tan contagiosa que enseguida todos los demás se estaban riendo mientras Santi decía:

–¡Picando, papi! Salió picando como una pelota... ¡ja,ja,ja!

 

Santiago era un chico tierno y cariñoso, era el más alegre y pícaro, y tenía una velocidad mental impresionante. Siempre salía de las situaciones comprometedoras de las formas mas insólitas imaginables, o tenía la respuesta a flor de lengua para cualquier pregunta o reclamo, aunque no tuviese idea de lo que se estaba tratando.

Si bien era el menor de los tres, era sumamente alto para su edad, casi hasta alcanzarse a Luli. De carita más flaca, unos ojazos verde-grisáceos y cabello castaño claro también muy corto. A pesar de ser el más flacucho, se pasaba comiendo a cada rato y siempre estaba con hambre. Cuando sentía sueño, podía dormirse sin problema en cualquier lugar o situación.

 

Le encantaba inventarle nombres a las cosas y personas, algo que sin duda había heredado de su padre.

Por ejemplo a Tomy le decía: Tom, Tomito, Tomolo o Tomate.

A Luli: Lu, Lulita, Lulela o Lulenga. Y se había ganado, por parte de sus hermanos, los nombres de Tati, Chachi o Tatingo.

 

Varios minutos después, cuando pudieron controlar la risa que incluso provocó que Luli se atorara con una galleta, Jazmín les dijo:

–¡Pero chicos, vamos! Que no podemos reírnos de las desgracias de los demás. Y tú, mi amor, vamos, que ya sos grande –refiriéndose a Pedro que se había tirado al piso.

–Grande pero alegre –contestó mientras se reponía–, pero bien que tú también te desternillaste de risa,   ¿eh?

En eso Santi repitió:

–¡Picando, mami! ¡Picando como una pelota...!

Y todos rompieron a reír nuevamente...

Jazmín era el pie a tierra de la casa, la que ponía la cuota de practicidad necesaria para el funcionamiento de una familia. Había sido una empresaria exitosa pero cuando empezaron a tener familia, decidió dejar de trabajar para dedicarse tiempo completo a sus hijos. Era de tez oscura y ojos claros, muy hermosa, Su cabellera castaña y ondulada caía como una cascada sobre sus hombros y seguía hasta la mitad de la espalda. No era muy alta y decían que por su venas corría la sangre de alguna princesa india.

Jazmín decía que en vez de tres hijos tenía cuatro, porque Pedro muy a menudo se portaba como tal.

 

Esa noche llegó uno de los momentos o el único momento que a los chicos les encantaba de la hora de ir a la cama: la hora de los cuentos de papá.

El papá les contaba aventuras alucinantes, que duraban como 45 minutos por capítulo, y constaban de cuatro o cinco capítulos cada historia, aunque les contaba un capítulo por día.

Contaba las aventuras de tres niños, protagonizadas por ellos mismos, que recorrían el mundo entero enfrentando todo tipo de peligros y ayudando a quien lo necesitara. Contaban para sus aventuras con la ayuda de sus fieles amigos: Simón, el ganso y Tango, el perro. Esa noche en particular la historia tuvo también como protagonista a Odoro, el gordo vecino de enfrente, por lo que no faltaron las carcajadas y acotaciones de los chicos.

 

Vivian en la calle San Ramón, en una especie de barrio privado y cerrado con su propia calle interna que terminaba en un “cul de sac”.  La calle estaba bordeada en toda su extensión por una jardinera tupida de plantas y flores; lavandas, jazmines y rosas dejaban su marca con las distintas fragancias. Separadas cada siete metros  habían plantado anacahuitas cuyo follaje no muy tupido creaba un ambiente de semi-sombra muy agradable y fresco en verano. En el centro del cul de sac había una placita pequeña con una gran fuente de piedra con tres caídas de agua. Ésta estaba siempre rodeada de pajarillos que se acercaban para refrescarse y tomar agua. Extrañamente esta calle interna no tenía nombre.

 

Eran solamente siete casas las que integraban este singular complejo, todas separadas entre sí, salvo la cochera que era común. Si bien mantenían una cierta uniformidad en el diseño, todas las casas eran diferentes. De estilo colonial lusitano, con molduras y ornamentación en sus fachadas, el grupo de casas sobresalía del resto del barrio de chalets de veraneo, muy sencillos y con grandes techos de tejas. Cada casa tenía su propio jardín privado.

Ellos vivían en la primer casa, con frente a la calle interna y a la calle San Ramón, la más cercana al portal de acceso, el cual estaba generalmente abierto y por donde había podido entrar Porco del Estanque aquella misma mañana o cuando se le antojaba.

La casa por fuera era de ladrillo bolseado pintado color alhucema. Se accedía por un pequeño porche y una magnífica puerta principal que había pertenecido al celdario de una famosa cárcel ya demolida: la cárcel de Miguelete. Tenía un amplio living comedor, una generosa cocina, dos dormitorios, dos baños y un espectacular alero que daba al jardín y que oficiaba, en épocas calurosas, como estar exterior.

Estaba rodeada de santa ritas, jazmines, damas de la noche y otras enredaderas que trepaban por las paredes y casi la cubrían por completo. No era grande pero sí muy cómoda y original; lo que más llamaba la atención es que parte de la estructura de la casa eran unos enormes troncos de árboles que sostenían un sector de los techos.

Pedro contaba que esos troncos provenían de unos antiquísimos árboles pensantes, los Roblentes que en la antigüedad gobernaban los montes con justicia y sabiduría. Habían sido los primeros seres inteligentes en habitar este planeta, mucho antes que los hombres, pero debido a su lentísimo desplazamiento, imperceptible para el ojo humano, habían sucumbido bajo el hacha y la sierra, depredadoras de las distintas civilizaciones. Aseguraba también que en algunos poquísimos montes y selvas sobrevivían algunos pocos organizando el crecimiento de toda la vida vegetal, y que cuando morían, el alma continuaba en el tronco hasta que éste era quemado o se descomponía por la acción del tiempo. Los chicos por supuesto que no le creían, pero Luli juraba haber sentido susurros cuando pasaba cerca de estos troncos. Lamentablemente pronto deberían mudarse..., aunque los chicos aún no sabían nada.

Pedro era arquitecto y había diseñado y construido este pequeño barrio, dentro de un gran barrio. Le había llamado Villa Martina por una tía a la que él había querido mucho en su infancia y que había fallecido el mismo día en el que habían comenzado las obras del complejo.

Era un tipo alto y delgado pero robusto, muy alegre y soñador, y a pesar de andar pisando los 40 años, era como un niño más dentro de la casa. De cara angulosa y con algunas pecas rebeldes que quedaban de la infancia, usaba bigote y barba chivita; tenía cejas gruesas y tupidas y llevaba muy corto su escaso pelo.


2. La siniestra casa de los Porco del Estanque  

Esa mañana había amanecido como cualquier otra. El sol se levantaba perezoso creando la perfecta uniformidad de un increíble cielo azul. La rutina se había repetido casi con exactitud y los chicos se encontraban afuera jugando con los animales.

 

De repente un extraño sonido llamó su atención; era el vecino de enfrente, el criador de perros ovejeros, que salía con su camioncito. Lo acompañaban Adoquín y Varilla, sus dos hijos. No había seres más distintos que estos dos, ¡ni parecían hermanos! Adoquín era, si se quiere, más parecido a su padre, Don Odoro, gordo y más bien bajo y con una mirada muy vivaz, mientras que el Varilla era flaaaaco, flaco y muy alto, y un poco tontorrón. Por supuesto, que éstos no eran sus verdaderos nombres, pero todo el mundo los llamaba así y realmente nadie conocía cuáles eran.

 

Los miraron irse y notaron que en la caja del camión, que tenía un toldo alto y cerrado, iban sus cuatro ovejeros preferidos, ya que vieron aparecer sus hocicos por debajo de él. Inmediatamente se miraron entre ellos y luego observaron la casa, que raramente dejaban sola. ¿Sería esta una de esas  extrañas ocasiones?

 

Desde siempre la casa de enfrente les había llamado poderosamente la atención. Era uno de los más antiguos chalets del barrio, bastante grande y con grandes techos inclinados de madera y teja. De ventanas pequeñas, tenía un gran porche de entrada, con una lucarna marcando la puerta principal, que parecía la gran boca de una cueva oscura y atemorizante, de esas que dan la impresión que, una vez adentro no se puede volver a salir jamás.  Estaba muy mal cuidada, sucia, con la pintura exterior descascarada; pedazos de revoque se desprendían de vez en cuando y el jardín era un verdadero asco. Los yuyos alcanzaban ya el metro de altura e invadían todo el frente. El deterioro se había pronunciado notablemente en los últimos dos años. En el fondo del terreno estaban las jaulas de los perros; tenían alrededor de veinte animales de distintas edades, pero todos absolutamente de la misma raza.

 

Se contaba todo tipo de historias sobre esa casa: que los primeros dueños habían fallecido en circunstancias poco claras, que allí habían desaparecido varios rateros que habían ingresado a robar y sobre todo la extraña desaparición de la mujer de Don Odoro.

 

Se llamaba Doña Clota y si bien era una mujer gorda, la recordaban sumamente pulcra y limpia, luchando constantemente con el desorden y la mugre que le hacían entre su familia y los perros. A diferencia de su marido, era una mujer amable, buena y cariñosa, siempre con una sonrisa, salvo cuando tenía que correr a Varilla y Adoquín para lograr  que se bañaran.

Quizás su peor defecto fuera que hablaba demasiado, ¡hasta por los codos!, y era casi imposible mantener una conversación con ella. Las charlas eran más bien monólogos y además, ¡era flor de chismosa! Decían que una vez, hablando una vecina con ella por teléfono, tuvo que salir y como no podía avisarle a Clota, porque ésta hablaba sin parar, colgó el teléfono y se fue a hacer el mandado. Al volver a su casa decidió pasar por lo de Clota a disculparse. Al entrar a la casa, la encontró a la Doña hablando por teléfono. Ésta al verla le dijo: “Hola Josefa. ¿Cómo estás? Espera un poquito que termino de hablar contigo y ya estoy contigo. ¡Tengo tantas cosas para contarte…!”. 

Un buen día, hace un par de años, la dejaron de ver, como si se la hubiera tragado la tierra. Nadie nunca había vuelto a saber de ella. Algunos decían que se había marchado dejando a su marido e hijos, cansada de limpiar y lidiar siempre con la misma mugre. Otros decían que había ganado la lotería y se había largado a disfrutar de la vida sin el lastre de su familia.

Pero la mayoría de los vecinos temían lo peor: ¡que la hubiesen hecho desaparecer!

 

Era una noche cerrada y tormentosa. Llovía copiosamente y un viento rebelde y arrachado se ensañaba con un pino viejo que luchaba a rama torcida para no caer. Estaba muy oscuro. De a ratos, la llegada de rayos que cortaban el manto negro de la noche con su luz, anticipaba estallidos ensordecedores, haciéndola aún más tenebrosa. Era casi medianoche y entre las luces de los relámpagos, Luis notó una actividad inusual en la casa de enfrente.

 

Luis era el sereno de Villa Martina, y la casilla de vigilancia estaba casi enfrentada a la casa de los Porco del Estanque, al costado del hogar de los chicos. Era una zona muy tranquila y rara vez pasaba algo. Ningún sonido extraño lo había alertado. Difícilmente se podía escuchar algo con el ruido de la tormenta. Habían sido las sombras fantasmales, proyectadas por los esporádicos rayos lo que le había llamado la atención. Era un hombre fornido y arrojado, así que abandonó la precaria protección que le ofrecía su caseta de madera, cruzó la calle y sigilosamente se fue acercando al costado de la casa donde estaba la cochera. Sin dejarse ver, notó que tres figuras cargaban lo que parecía ser tres enormes bolsas de plástico negro en la caja del camioncito: eran Don Odoro y sus dos hijos.

El padre se subió al vehículo y lo encendió.

–Vamos...,  arriba, que esto hay que hacerlo rápido.

–Aquí estoy –contestó Adoquín subiendo con un par de palas.

–¡Hey! que nos olvidábamos de esto –gritó el Varilla al salir de la casa, tirando a la caja del camioncito otra bolsa del tamaño de una pelota de básquetbol.

 

Al verlos retroceder Luis se escondió en el porche de la entrada. No sabía por qué lo hacía. Después de todo eran los dueños de la casa pero algo, su instinto, le decía que no debía dejarse ver. Era demasiado extraño que con esa tempestad y a esa hora, alguien en su sano juicio se animase a salir..., salvo que tuviese algo que ocultar.

 

Esa fue la noche anterior a la supuesta desaparición de Doña Clota. Pasaron varios días antes de que los vecinos notaran su ausencia. Al principio le preguntaban a Don Odoro o a sus hijos por ella, a lo que contestaban con evasivas.

Fue el propio Luis quien, dos semanas después del incidente y sospechando alguna relación entre los dos hechos, se animó a hacer la denuncia en la seccional policial de la zona. Las pesquisas de la policía no encontraron nada extraño y el señor Porco confesó que su mujer se había ido a casa de su madre para ayudarla con sus problemas de salud. Como la madre vivía en el exterior y aparentemente se había vendido un boleto de avión para la señora Clota, el caso se cerró.

A los pocos meses Luis renunció a su trabajo como sereno sin dar mayores explicaciones y el misterio de Clota jamás se resolvió satisfactoriamente para los vecinos, pasando a ser otra leyenda de esa extraña casa.

 

Desde siempre sintieron una extraña fascinación por la casa de la familia Porco del Estanque. Todos los chicos del barrio la tenían, pero ellos, especialmente, tenían un espíritu aventurero heredado de su padre y vivían enfrente. Es que era realmente atrayente con su aspecto viejo y lúgubre, y esas historias tan terroríficas que sobre ella habían escuchado la hacían irresistible. Y además hoy habían salido los tres juntos, cosa rara en ellos ya que casi nunca la casa quedaba sola. Era una oportunidad única y no la dejarían pasar.

–Qué bien, Luli, se fueron todos... y además se llevaron los cuatro perros más bravos. Es nuestra oportunidad..., ¿vamos? –preguntó Tomás excitado al ver una aventura en puerta.

–No sé..., te parece..., ¿y si lo dejamos para la próxima? –sugirió un poco asustada.

–¡No, Luli, vamos! Hemos estado esperando esta oportunidad por meses. No podemos dejarla pasar. Tenemos la casa muy bien estudiada, es un día soleado... ¡Vamos, es ideal! ¡Nos vamos a divertir! –insistió Tomi con seguridad, al ver a Luli titubear.

–Eh..., ¿a ti que te parece, Santi? –preguntó buscando un aliado.

–¡Y vamos, Lulenga! Tanto rompiste estudiando la casa para después echarte atrás. Además, no hay nada mejor que hacer, estoy aburrido..., y ya me entró el sueño de vuelta –la convenció el Santi.

 

Unas de las reglas que su padre les había enseñado para salir de aventuras, en los cuentos claro, era que había que estudiar a fondo el lugar al cual iban a ir, saber con qué peligros se podían llegar a encontrar, llevar el equipo necesario para afrontarlos y prever siempre una salida de emergencia.

 

Durante semanas habían estudiado la casa: habían hecho dibujos de las fachadas y, en base a eso, habían diseñado una posible planta de ubicación de las distintas habitaciones. Al ser una casa, las salidas de emergencia podrían ser cualquiera de las ventanas, aunque tuviesen que romperlas. De los peligros que podían encontrar, sólo preveían un encuentro con alguno de  los perros, o el retorno de los dueños antes de tiempo. A los perros peligrosos se los habían llevado y los otros siempre quedaban en sus caniles, pero igual agregaron unos trozos de carne con somnífero, por las dudas, en el equipo. Incluyeron además: una brújula, una cuerda larga, tres linternas, fósforos, un cordel de hilo blanco, gas lacrimógeno, guantes y elementos para curaciones básicas como cinta leuko, alcohol, gasa, algodón, curitas, pomadas para picaduras, etc.  Todo dentro de una mochila, en la cual Santi siempre agregaba su propio equipo: un par de sándwiches de salame y queso, y un termito con jugo. Santi había puesto como condición para participar de este singular grupo de aventureros, la inclusión de estas viandas en el equipo.

 

Había pasado toda la mañana y los chicos no podían escaparse de la vigilancia de su mamá.

–¡Pero vamos! Qué pesada se puso hoy, si hasta parece que supiera que estamos tramando algo–. Tomy no había terminado de decir esto cuando, al mismo tiempo que Luli, miraron con cara de sospecha a Santiago.

–¡Tati! No le habrás dicho nada a mamá, ¿no? –preguntó Luli.

–A ver, a veeer...., sí..., no..., tal vez..., quizás –respondió como mirando al techo.

–Vamos, Santi, habla en serio por favor, al menos una vez –lo apuraron a coro.

–¡No, Lu!, no le dije nada. Aunque te confieso que durante el desayuno casi se me escapa.

 

Santi nunca hablaba en serio. Era difícil saber cuándo creerle y cuándo no. Era un jorobón de pura cepa, y además le costaba muchísimo guardar un secreto. No lo hacía a propósito sino que se le escapaban y terminaba contándole todo a sus padres.

 

–Entonces no entiendo por qué mamá está tan pendiente de nosotros–. Mientras Tomi hablaba escucharon el llamado de Jaz.

–¡Chicos...!, ¡chicos! ¿Donde están? ¿Pueden venir un momento?

–Sí, mamá, ¿qué pasa? –respondió Luli al acercarse.

–Chicos, me voy a recostar un momento. Estoy muy cansada; hoy tocó limpieza general. Jueguen tranquilitos, no hagan mucho ruido y no salgan a la calle.

–Siiii..., mami. Acostate y descansá que nosotros vamos a jugar en el jardín –respondió Luli con carita responsable mientras les echaba una mirada cómplice a sus hermanos.

Ni bien Jazmín apoyó su cabeza en la almohada, los chicos salieron con la mochila del equipo al hombro, rumbo a la casa de enfrente.

 

Cuando se enfrentaron a la casa, una sensación de terror pareció invadirlos, un aire helado parecía subirles desde los pies, por los huesos. Tomi se enderezó, como tratando de reponerse; Santi dejó que sus dientes castañetearan mientras escuchaba una voz finita que decía.

–Chicos, tengo miedo..., ¿por qué no lo dejamos para otro día?

Era Luli que del miedo apenas si podía hablar.

–No, Luli, tiene que ser hoy. Hemos estado esperando esta oportunidad desde hace meses. Aparte no nos podía tocar un día mejor, sin una nube y con un sol tan brillante... ¡Vamos, Luli, valor! –la arengó Tomi.

–Pero, ¿ es que no sientes miedo?

–Por supuesto que sí, pero como dice papá: valiente no es el que no conoce el miedo, sino aquel que, sintiéndolo, logra vencerlo –respondió orgulloso.

–Y tú, Santi, ¿qué dices? ¿Entramos?

–Dale, vamos, y rápido que me está viniendo el sueño –dijo mientras bostezaba.

–Está bien. Vamos, busquemos una entrada. Probemos primero las ventanas; quizás dejaron alguna abierta.

 

Mientras buscaban por dónde escabullirse adentro de la casa,  Santi se acercó a sus hermanos.

–Tomi, Luli, creo que la puerta de entrada está entreabierta.

–Shhh Santi, no es momento para tus chistecitos. Jamás dejarían la puerta principal sin cerrojo. Y no levantes la voz. Alguien puede oírnos –lo calló Luli rápidamente con autoridad.

  

Un grito agudo lo sobresaltó. Tardó unos segundos en reaccionar. Se encontraba en ese momento tratando de abrir una de las ventanas del costado de la casa. Salió corriendo al encuentro de su hermana. Había sido ella quien gritara, reconoció su timbre de voz. Encontró a Luli frente a una de las ventanas del porche, pálida, dura como una estaca y con el brazo extendido apuntando hacia la casa.

–Tomi..., hay alguien allí, vi una sombra moverse..., acercándose.

 

De repente la ventana se abrió violentamente. Los dos hermanos se abrazaron instintivamente sin dejar de apartar la mirada de la ventana.

–¡Chicos!, ¿oyeron ese grito escalofriante? ¡Qué miedo! –escucharon mientras la carita de Santi aparecía en la ventana.

–¡Santi! ¡Qué susto que me diste! Fui yo quien gritó, tonto. ¿Qué haces ahí adentro? –manifestó Luli furiosa mientras se reponía.

–Les dije que la puerta estaba abierta. Deberían aprender a tomarme más en serio.

–Pues deberías empezar a actuar más seriamente –dijo Tomás.

 

Entraron por la ventana aún sorprendidos por el descuido de los Porco del Estanque, pero una sorpresa mayor los esperaba: cuando fueron a verificar la puerta, la encontraron cerrada y trancada con llave.

–¡Esto no puede ser, estaba abierta, lo juro! –se defendió Santi ante la mirada de desconfianza que le echaban sus hermanos–. Esto ya no me está gustando nada...

–Si ésta es otra de tus bromas, ya verás –dijo Tomi esperando que así fuera, aunque Santi se mostraba realmente asustado.

 

Súbitamente la habitación en la cual se encontraban, el hall de entrada, se oscureció aún más. No había luces prendidas, la única luz era la que entraba por las ventanas.

–¡Miren! –gritó Luli sin disimulo–. Miren para afuera, ¡está todo nublado!

–¡Eso es imposible! –dijo Tomi mientras forcejeaba en vano tratando de abrir la ventana. Todas estaban cerradas, la que habían usado para entrar, también. No había salida, al menos no por esa zona de la casa.

 

Estalló un trueno haciendo vibrar toda la casa y sintieron cómo se largaba a diluviar.

–¿Cómo es posible? Si cuando entramos el día estaba espectacular, no puede haber cambiado tan rápido –agregó Santi.

–Da igual, ya estamos adentro, y no podemos salir por acá. Sólo nos queda avanzar y buscar otra salida.

–Es cierto, Tomolo, estoy contigo pero me está entrando el hambre. ¿No podríamos hacer un pequeñito alto para comer y reponernos de tanto susto? ¿Qué te parece Luli?

–No es el momento, Tati. Lo mejor será tratar de encontrar una salida lo más pronto posible. Ya habrá tiempo para comer..., si logramos salir.

–Bueno, Luli, ¿cómo estás...?, ¿quieres que yo tome el mando?

–Gracias, Tomi. Sigo muerta de miedo pero ya me estoy recuperando. Saca las linternas de la mochila. Tú irás al frente, yo en medio y Santi atrás cuidando la retaguardia.

 

Al prender las linternas se dieron cuenta de que era la primera vez, desde que habían entrado, que prestaban atención al cuarto. Se encontraban en ese momento en lo que debería ser el estar, a la derecha del hall de entrada. Lo que vieron no los tranquilizó en absoluto. El cuarto estaba totalmente despojado de muebles, salvo un desvencijado sofá de tres cuerpos frente a un televisor que bien podría haber sido el primero en haberse fabricado. No había un solo cuadro colgado de sus paredes; lo que sí colgaban, eran los cables de electricidad, que se encontraban pelados, y muchas telas de araña. No había lámparas ni enchufes.

El desorden y la mugre era general. Aquí y allá, desperdigados por el piso, había elementos y comida de los perros, que parecían ser los verdaderos ocupantes de la casa.

Santi sintió un movimiento en un rincón del cuarto, a su derecha. Dirigió su linterna y alcanzó a ver un par de enormes ratas huyendo de la luz por un agujero en la pared. Prefirió no decir nada para no asustar aún más a su hermana.

  

El panorama no podía ser más siniestro, pero como había dicho Tomi, había que encontrar una salida.

A la izquierda del hall de entrada estaba lo que se imaginaban sería el escritorio. Trataron de entrar pero la puerta estaba trancada.

–¡Probemos por la cocina! –sugirió Luli.

–Buena idea, síganme.

Mientras Tomi trataba de guiarlos a la cocina, pasaron por varias puertas que tampoco pudieron abrir, pero que dedujeron eran del acceso al sótano, quizás la puerta del baño de visitas (totalmente obsoleto, ya que jamás habían visto entrar ninguna persona ajena a la familia a la casa) y la del guardarropa, y por el costado de la escalera que conducía a la planta alta lograron llegar a la cocina.

–Dios mío..., está toda tapiada! No hay ningún lugar por el que podamos salir –dijo Luli desconsolada.

–Y qué olor más asqueroso, ¡puajjj ! Si hasta me sacó las ganas de comer.

–Eso es difícil de creer, Santi, pero viendo esta cocina no tengo más remedio que aceptarlo–. Tomi, con su linterna, estaba haciendo un paneo de toda la cocina.

 

Si el estar estaba sucio y desordenado parecía, en comparación con esta cocina, la sala aséptica de un hospital. Era un asco. Comida tirada por doquier en estado de putrefacción, en la pileta se amontonaban los platos que nunca lavaban. Por un momento Santi se los imaginó agarrando esos platos terriblemente sucios y pegoteados y sin pasarles aunque fuera un poco de agua, servirse la comida; y le dieron ganas de vomitar, si hubiera sucedido, seguramente nadie hubiese notado el enchastre.

Las paredes estaban manchadas y chorreaba de la cenefa, de unos frascos caídos, una sustancia grumosa, espesa y colorada que deseaban fuera mermelada de frutilla. Como si la mugre fuera poco, estaba invadida de todo tipo de insectos inmundos: moscas, hormigas, arañas, ciempiés, las tan temidas (para Luli) cucarachas correteando por sobre las mesadas y el piso, y otra cantidad de bichos que no lograron identificar.

 

–Por favor, vámonos que tengo náuseas. Tenemos que salir de aquí cuanto antes.

Ayudada por sus hermanos, Luli  salió de la cocina y luego todos juntos se dirigieron a la escalera.

–¿Que hacemos?, ¿subimos? –preguntó Santi.

–Y sí, no tenemos otra opción. Aquí abajo ya hemos probado todas las posibles salidas y no hemos encontrado nada.

–¿Por qué no rompemos una ventana y nos dejamos de jorobar? –insistió Santi con aire de haber encontrado la solución.

–Ya lo probé pero la división de los vidrios parece hecha de hierro. No hay cómo romperla, hay que subir –afirmó Tomi.

–Bueno, te seguimos, Tomás, y tú Santiago a la retaguardia.

 

Miraron hacia arriba como tratando de adivinar qué les esperaba. La escalera era de madera, con el pasamano muy trabajado. Se notaba que la casa había sido, hacía mucho tiempo, propiedad de una familia muy acomodada. Notaron que la contrahuella de los escalones era excesivamente alta. Estaba compuesta por dos tramos largos con un generoso descanso al medio.

Tomi fue el primero en comenzar a subir. Bajo sus pies la escalera se quejaba con un chirrido. Era como si se hubiese despertado y protestara porque la estaban pisando. Se movía de un lado al otro a medida que iban subiendo y por momentos parecía que iba a ceder y venirse al suelo con los chicos encima.

–No se preocupen, si aguanta a Don Odoro y sus dos hijos, nos tiene que aguantar a nosotros también – trató de tranquilizar Tomi.

Tuvieron que andar con cuidado porque el sexto y treceavo escalón faltaban, y debieron saltearlos.

 

Una vez arriba soplaron de alivio, y empezaron la búsqueda de la salida salvadora. Revisaron una cantidad de cuartos, que serían los dormitorios, aunque no estaban seguros de quiénes dormían allí, si seres humanos o animales pues encontraron una sola cama, en uno de los cuartos. En el resto había mantas tiradas en el piso. La mugre y el desorden también se hacía presente en esas habitaciones. Tampoco encontraron aquí la forma de salir.

 

Luli entró a uno de los cuartos que le pareció bastante limpio en comparación con el resto de la casa. El haz de luz de su linterna empezó a recorrer las paredes del cuarto. De repente su respiración se cortó abruptamente y su cara se paralizó en una mueca de terror: enfrente se encontraba Doña Clota.

–¡Tomi, Santi, vengan rápido..., por favooor!

Estos, que se encontraban en distintas habitaciones, acudieron velozmente.

–¿Qué pasa Luli? –dijo Santi que fue el primero en llegar.

–Allí –señaló Luli, mientras Tomi también se acercaba a la pared en cuestión.

–Es Doña Clota..., una pintura tamaño natural de Doña Clota –afirmó Tomi mientras la estudiaba.

–Y miren el cuarto, chicos. Está bastante limpio y es el único que tiene algún mueble, incluso hay fotos de toda la familia Porco. Se ve que en algún momento fueron felices juntos.

 

Todos los cuartos daban a un angosto y serpenteante corredor. Al final de éste quedaba  la única puerta que no habían revisado. Tomi, que iba primero, tomó el pomo de la puerta y lo giró lentamente, abrió la puerta y ... , apenas si tuvo tiempo para volver a cerrarla, cuando se sintió una embestida fenomenal contra ésta.

–Es algo enorme, no lo alcancé a ver bien pero me parece que es una especie de perro, pero muy grande –alcanzó a balbucear.

 

Recién entonces, escucharon unos terribles ladridos que conmocionaron toda la casa. Sostenían la puerta para que no cayera bajo el embate de la fiera.

 

–Vamos a tener que correr –reconoció Luli–. No vamos a poder aguantar mucho más.

–Es cierto. Tú, Santi, vas primero. Después tú, Luli, y yo los sigo.

–¡Bueno, vamos!  –y Santi arrancó a correr seguido de sus dos hermanos.

 

Tomi corría mirando hacia atrás, cuando vio al enorme animal atravesar la puerta como si fuera de papel. La imagen de ese perrazo, negro como una noche oscura, con sus fauces abiertas y enormes colmillos color crema, le helaron la sangre, pero no había tiempo para el miedo.

De repente, mientras corrían, el piso cedió bajo sus pies con un fuerte crujir de madera, como si un enorme árbol hubiera cedido a los embates del viento y se hubiera quebrado en dos. Fue tan rápido que, de no haber sido por el ruido que se produjo, hubiese parecido que el piso, hacía ya tiempo que había desaparecido. Santi no tuvo tiempo para frenarse y se precipitó al vacío. Cuando sentía que su cuerpo era alcanzado por la gravedad y atraído ferozmente hacia abajo, fue atrapado por Luli que, al verle caer, se tiró a salvarle. En su intento también ella cayó, pero pudo agarrarse con la mano libre a una de las vigas del piso, que ahora quedaban expuestas. Ambos colgaban cual frutas maduras a punto de caer.

 

Al llegar Tomi, logró frenarse a tiempo para no caer él también, pero no pudo auxiliarlos inmediatamente puesto que tenía otro asuntito del cual ocuparse: el animalito del cuarto al final del corredor que les venía pisando los talones. Sabiendo que el tiempo corría en su contra, puesto que Luli no iba a poder aguantar mucho más en aquella situación, decidió, y  no tenía otra opción, enfrentar al animal.

 

Y allí estaban frente a frente. Tomi completamente inmóvil sin siquiera respirar, y sin más arma para hacer frente a la bestia, que la férrea determinación de un ser desesperado al que se le cierra la única vía de escape.

El perrazo también se detuvo, pero no por miedo ni respeto, sino para preparar el salto con el que iba a acabar al intruso.

Por sus filosos dientes, corrían ríos de baba que caían ruidosamente al suelo. De su boca salían bocanadas de vapor que enturbiaban el aire. Sus ojos estaban inyectados de sangre y, de no ser por un par de musculosas cejas, bien podrían haber salido disparados de sus órbitas.

Cuando se preparaba para saltar, un llamado de planta baja lo detuvo:

–¡Matón, Matón, venga perrito lindo!–. Era, sin dudas, Don Odoro que había vuelto y que llamaba a su perro guardián cariñosamente, trato que solo le profesaba a sus adorados canes. El animal, de un salto pasó por encima de Tomi y del agujero del piso, y se precipitó escaleras abajo al encuentro de su amo.

La situación no podía ser peor: se habían salvado del perro momentáneamente, pero Luli y Santi colgaban de un pozo que, increíblemente, parecía no tener fondo, no había debajo de donde estaban ninguna habitación, ni límite visible. Solo vacío y un viento gélido. Y seguramente el perro llamaría la atención de su amo sobre los intrusos que había atrapado en la planta alta. Como si fuera poco, allá afuera, la tormenta parecía empeorar minuto a minuto.

 

Rápidamente Tomi sacó de la mochila la cuerda y se la lanzó a Santi para alivianar un poco a Luli, pero veía que no iba a poder levantarlos y se escuchaba a la escalera volverse a quejar: era, sin duda, el señor del Estanque que venía subiendo.

 

De repente una mano firme apartó a Tomi y con una fuerza y velocidad asombrosas los levantó como si fueran bolsas llenas de plumas. Casi arrastrándolos y, sin decir una sola palabra, los guió hasta un pequeño baño, el único que había en ese piso, arrancó con sus manos la ventanuca que daba al exterior y recién ahí les indicó:

–Por ahí, salgan por ahí y bajen por el árbol–. Luego de decir estas palabras el extraño se fue, posiblemente para distraer al dueño de casa y darles más tiempo para escapar.

 

Todo sucedió tan rápido, que ninguno de los tres hermanos tuvo tiempo, no sólo de esbozar un agradecimiento, sino siquiera de mirarle, de averiguar quién era. Semanas después, intentando reconstruir aquella increíble aventura, ninguno fue capaz de recordar algo de sus facciones o de la ropa que vestía. En lo único que coincidían era en que lo recordaban como una gran sombra, silenciosa y fuerte...

 

A pesar de la pequeña dimensión de la abertura los tres salieron rápidamente. Al salir quedaron inmediatamente cegados por la brillante luz del sol.

–¡Qué suerte!, al fin se nos da una. La tormenta se fue –dijo Santi restregándose los ojos.

A Luli aquello le pareció muy extraño pero con el apuro de volver a casa, dejó sus cavilaciones de lado y se apresuró a bajar del árbol.

Rápidamente llegaron a casa y se metieron en su cuarto. Mamá aparentemente aún dormía. Se quedaron recostados haciendo comentarios de lo ocurrido, mientras Santi parecía ir recuperando rápidamente su buen humor e iba acotando chistes a los relatos de sus hermanos.

  

–¿Chicos..., chicos...? Levántense, ya está pronto el té. Les hice una tostadas bien crocantes y las galletitas con formas de monstruos que tanto les gustan –los despertaba cariñosamente mamá Jaz mientras les hacía rasquetitas en la espalda.

–Hummm... ¿Monstruos dijiste, mami?  No, no, basta de monstruos para mí –respondió Tomi mientras se desperezaba.

–¡Yo sí tengo hambre..., y mucha. Vamos, a la cocina! – gritó Santi, como no podía ser de otra forma.

–¡Uy! ¿Nos quedamos dormidos, mami? –preguntó Luli.

–¡Y cómo! Me costó mucho despertarlos. La verdad es que cuando me levanté no me esperaba encontrarlos durmiendo con un día tan hermoso, pero me dio lástima. Parecían tan cansados. Así que me fui a regar las plantas y después les preparé la merienda.

–¡Pero mami! ¿Con lo que llovió te pusiste a regar? ¿No es que no hay que derrochar? –le reprochó Tomi.

–¿Que llovió..., en dónde?  En tus sueños, porque hace días que no llueve y mis pobres plantitas ya no se tienen en pie.

 

Enseguida los tres hermanos se miraron asombrados. Si cuando se encontraban dentro de la casa de Odoro, habían visto y sentido cómo se desataba una terrible tormenta. ¿O es que todo lo habían soñado realmente? ¿Es posible que los tres hubieran soñado lo mismo?

Como única respuesta, Luli les señaló un terrible raspón en el brazo derecho que se había hecho al rescatar a Santi. De todas maneras decidieron guardar el secreto y no contarle nada a sus padres de lo que habían vivido esa misma tarde.

Índice 1. Trío travieso.2. La siniestra casa de los Porco del Estanque3. La agencia de investigadores4. Un nuevo amigo.5. El cementerio perdido.6. Una pésima noticia.7. La casa del Prado.8. Al borde del misterio.9. Las reglas del aventurero.10. El libro maldito.11. 1er encuentro con el mal.12. El comienzo de los tiempos. 13. La Alcántora.14. El testigo de los Tiempos.15. El juicio a Santiago.16. El sótano.17. El Recinto de las mil Cuevas.18. El escritorio de Papo.19. Un encuentro inesperado.20. El fantástico poder oculto de Luli.21. Adiós al traidor.22. La lucha por el dominio del Recinto.23. Un día diferente