Rescate en Decadunoll

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1 La primera desaparición

 

 

Los zapatos gastados y rotos, al moverse sobre la dura superficie, apenas alcanzaban a levantar algunas pocas partículas de polvo. El día estaba radiante... El cielo, completamente despejado, de un azul intenso e inmaculado. El Sol, clavado en el cenit del firmamento, producía una luminosidad deslumbrante y un calor absolutamente sofocante. El paisaje era, sin embargo, desolado y monótono. Yermo y sin la más mínima señal de vida ni animal ni vegetal. Se podría decir que era un desierto, aunque ningún desierto de nuestro mundo podría compararse con éste. No era un desierto de arena, no, era rocoso: grandes planicies de roca y a lo lejos altas mesetas de granito puro; las distintas capas de piedra que las formaban, hablaban con claridad de las diferentes fases de la evolución del planeta.Pero lo que más llamaba la atención era la ausencia absoluta de sonidos. Ni siquiera soplaba el viento. Quizás así fuera la superficie de la Tierra hace millones y millones de años. –No chicos, creo que nos equivocamos– dijo la voz que, seguramente, constituía el primer sonido emitido en aquel lugar desde su formación–. Éstas no parecen ser las sabanas africanas. Debimos haber tomado la cueva equivocada... ¡Pero no me miren así!, no es mi culpa que ese maldito Recinto cambie constantemente la ubicación de sus cuevas. Tal vez tomamos por alguna cueva temporal que nos llevó al pasado, ¡muuuuy, muuuuy lejano! El personaje parlante, dueño de los zapatos gastados, definitivamente no tenía nada que hacer en aquel inhóspito lugar. Parecía como una mancha de chocolate en una camisa blanca. Alto, flaco, muuuy flaco, lucía un ridículo paraguas oficiando de parasol, remera estirada, a rayas blancas y rojas, suelta por afuera de una bermuda beige y con el cuello desbocado, zapatos marrones de cuero y medias blancas caídas. Llevaba menos de cinco minutos en aquel lugar pero ya estaba agotado y sudoroso. A pesar del contratiempo no se mostró de mal humor, al contrario, parecía entusiasmado y divertido. Le hablaba a dos enormes perrazos, ovejeros alemanes, que le acompañaban.–Esta es mi primera incursión por las cuevas del Recinto, y todo tiene que salir bien. Papá confió en mí y no lo puedo defraudar. Siempre lo manda al Adoquín de “salida” y esta es mi oportunidad de demostrar que yo también estoy preparado para sacarlos de práctica..., pero... ¿me están oyendo, o le estoy hablando al aire? Los perros no lo escuchaban: con las orejas paradas y completamente inmóviles se mantenían en guardia. Miraban al horizonte como presintiendo algo. Todos sus sentidos alertas les advertían que algo andaba mal. ¿Pero qué podría andar mal en un lugar totalmente deshabitado?De repente, como cortando con un cuchillo el perfecto cielo, vieron aparecer una pequeña luz que se movía a gran velocidad, dejando una estela de humo detrás, y se agrandaba rápidamente como si se estuviera dirigiendo hacia ellos.–Es un meteorito, seguramente entrando en la atmósfera, y por el rozamiento con el aire se vuelve incandescente. Lo estudié en la escuela –dijo en voz alta como dando una clase–. Parece que se dirige hacia aquí. Pero no, no puede ser..., eso es imposible. ¿Cuáles serían las probabilidades de que un meteorito se estrellara justo sobre los tres únicos seres vivos de un gigantesco planeta...? Y sin embargo... No, no sería..., pero sí..., SÍ... ¡SÍ, VIENE HACIA NOSOTROS Y VA A CHOCAR! ¡CORRAN POR SUS VIDAS! Los tres comenzaron a correr, desesperados,  en distintas direcciones. Un par de segundos después el meteorito entraba en colisión con la superficie dura del planeta, en el lugar exacto donde momentos antes se encontraban parados. El impacto fue tan brutal que la onda expansiva alcanzó a los tres intrusos y los arrojó como a treinta metros de distancia, mientras millones de esquirlas de piedras y chispas los golpeaban por todo el cuerpo, lastimándolos. La paz en aquel extraño y remoto planeta estaba, definitivamente, quebrada.Unos interminables minutos después, el Varilla, porque así es como lo llamaban, logró mover una de sus manos. Sintió la suave y húmeda lengua de sus perros recorrer su sucia cara. Lentamente y con trabajo pudo sentarse y abrazar a sus canes. Los revisó: se encontraban bien, magullados pero sanos. Él estaba fatal: todo raspado y quemado, con la ropa en jirones. Pero no parecía tener nada roto.Se incorporó y se acercó al extraño objeto caído del cielo: era negro, con forma de huevo y del tamaño de un hombre. No se animó a tocarlo, seguramente todavía estaba súper caliente. –¡Pero qué increíble casualidad! Es como para el libro Guinness de los records. Nos salvamos por un pelito realmente. Después de esto ya nada nos puede pasar...No acababa de decirlo cuando un ruido fuerte y seco los volvió a sorprender. Éste se multiplicó por efecto del eco. Los perros arrancaron a ladrar furiosos. Ahora el meteorito presentaba una visible grieta.La rajadura producida en la superficie comenzó a extenderse y a multiplicarse hacia todos lados.–¡Hey, chicos!, calma. Tranquilos... solamente se está quebrando. Es normal después de ese tremendo golpe... Además venía muy caliente y se contrae al enfriarse. Unos fuertes golpes desde el interior del objeto lo sacaron de sus cavilaciones.De repente, en uno de esos golpes, se desprendió un trozo de roca y emergió del “huevo” un enorme y aterrorizante pico.–¡Oh, oh! –dijo el flaco, mientras miraba paralizado la forma en que el pico iba retirando pedazos de la roca como si se tratara de una verdadera cáscara. Los perros seguían ladrando...El extraño pájaro del espacio exterior quedó pronto liberado de su cárcel y estiró sus escamosas y repugnantes alas. Ahora lo pudo ver bien: era una especie de pterodáctilo, un dinosaurio volador, sólo que mucho más amenazante y terrorífico (si es que eso es posible). De color negro lustroso, alcanzaba un gran tamaño. Sus ojos eran enormes y rojos, el iris amarillo intenso. De ellos, parecían salir lenguas de fuego. El muchacho se erizó, como si le estuvieran pasando un cubito de hielo por la espalda. Era una mezcla de fascinación y profundo terror. Sentía que los ojos del animal lo miraban fijamente... ¡Sí!, definitivamente lo estaban mirando.Los perros se lanzaron hacia el recién llegado, atacándolo. Eso pareció hacer reaccionar al muchacho que salió disparado hacia la boca de la cueva que lo llevaría de retorno al Recinto de las Mil Cuevas. Mientras corría, le gritaba a sus perros: ¡Vamos chicos, déjenlo!, ¡corran a la cueva!El horrendo animal levantó vuelo separándose de sus atacantes y se lanzó detrás del larguirucho que huía a grandes zancadas.¡Qué espectáculo verlo correr al Varilla con sus largas y flacas piernas moviéndose quebradas y sin ninguna gracia! Sus rodillas se elevaban con un alocado ritmo casi hasta tocar sus codos. Su cabellera se meneaba de un lado a otro acompañando el bamboleo del cuerpo, y su boca exageradamente abierta, con la lengua afuera y recostada hacia un costado, inhalaba y exhalaba forzadamente. Se estaba acercando a la entrada de la cueva, cuando se sintió como más liviano y rápido. Miró al suelo y notó que se hallaba a un metro del mismo y tomaba cada vez más altura, recién ahí sintió el terrible dolor en los hombros. Levantó la vista, y aunque sabía con lo que se iba a encontrar, vio con horror que había sido atrapado por el pichón de monstruo alado. ¡Quizás pensaba llevárselo para su nido y comérselo en el desayuno! Intentó defenderse. Realmente lo intentó. Pataleó y golpeó hacia arriba con fuerza esas potentes garras que lo aprisionaban mientras gritaba desesperado: ¡suéltame maldito bicho deforme! De repente el animal hizo un movimiento brusco que provocó que el flaco Varilla, instintivamente, se aferrara a las extremidades del animal como el náufrago se aferra a su salvavidas, mientras miraba asustado para abajo donde apenas se distinguían ya sus fieles amigos que habían quedado en tierra, ladrando, sin saber qué hacer. Al notar la enorme altura alcanzada se agarró aún más y dijo:–¡Nooooo, mejor no..., no me sueltes..., por favor!–Y cerró los ojos. Eso le impidió ver hacia dónde se dirigía el hoy extinto animal. En el cielo se había formado una extraña y solitaria nube oscura y a medida que se acercaban a ella, parecía emitir misteriosos rayos, truenos y palpitación de luces. A pesar de lo aterradora que parecía, el pajarraco no detuvo su vuelo sino que, por el contrario, se dirigió al epicentro mismo de ella. Al entrar en la nube se produjo un fuerte resplandor y un estallido, que en un mundo de silencios como aquel pareció que se podría haber escuchado desde cualquier recóndito lugar. La nube desapareció instantáneamente y con ella el escuálido muchacho y su captor. Los perros se miraron, volvieron a observar el cielo y mientras uno le aullaba a la muerte intentando ahuyentarla, el otro se echó en el piso en espera de la vuelta de su amo. Lo que no sabían es que éste jamás regresaría a ese lugar.

 

2.- Problemas en el cole

 

 

–¡Te voy a romper la cara, flaco cabezón!

–¿Vos y cuántos más?, ¡barril sin fondo!

–¡No necesito la ayuda de nadie para hacerte pedacitos!, y no soy gordo sino robusto...

–¿Robusto?, ¡robusto! Ja ja ja, no me hagas reír. Robusto es mi perro, vos sos un mapamundi de grasa.

–¡Ah sí!, ¡ah sí! Pues este mapamundi te va a aplanar la cara... –y su pesado brazo se retrajo hacia atrás como cargando una ballesta y sus dedos se contrajeron formando un puño que más se parecía a una maza que a la mano de un niño. En el momento en que disparaba el piñazo con destino a la cara de Santiago, el gordo Batuque notó que su brazo no le respondía, que no se movía...

 

Había sido una semana complicada para los chicos: adaptarse a un colegio nuevo, conocer nuevos compañeros y nuevos maestros no era algo fácil de asimilar rápidamente. Y eso sin contar con el hecho de que días antes, se habían enterado que eran descendientes de una extraña casta de guerreros guardianes, llamados Los Andaluins, y que habían enfrentado y vencido a un Metamorcorpus que quería apoderarse del dominio del Recinto de las Mil Cuevas para su amo y señor del mal, Belnaster. Éste, después de adoptar la forma y personalidad del tío Agustín y de ganarse la confianza de todos en la casa, había logrado ubicar y entrar al Recinto secreto.

Los tres niños habían cambiado mucho ese verano, habían crecido y madurado a la fuerza. Ellos mismos se sentían distintos: más seguros, más unidos y más comprometidos.

 

Como si todo esto fuera poco, para Santiago esta semana se había complicado aún más. Se había ganado la enemistad del Batuque, el líder de la clase. La forma de ser de Santi, extrovertido, simpático y ocurrente, le había generado la rápida aceptación de sus compañeros y los celos de Batuque que veía perder su protagonismo en el grupo.

 

De sus pupilas parecían salir chispas. Giró la cara buscando la razón de la parálisis de su brazo y se encontró con unos ojos helados que se clavaron en los suyos. Recién ahí notó una presión en su muñeca que iba en aumento. La mano del extraño había sujetado la suya impidiendo que ésta golpeara al alumno nuevo.

En torno a ellos se fueron juntando varios chicos curiosos por saber cómo terminaría el incidente. Hacía tiempo que nadie enfrentaba al Batuque. Estaba en tercero, pero había repetido dos años y era realmente un niño muy bravo y violento. Todos en el colegio trataban de evitarlo, incluso se decía que frecuentaba amistades muy peligrosas.

Enfrente tenía a un chico de su misma edad aunque un poco más alto. De cabello oscuro y corto, ojos marrones y tez cetrina, mantenía una expresión insondable y misteriosa. Si bien era flaco, se notaba que era muy fuerte y decidido.

–¡Ni se te ocurra tocar a mi hermano! –dijo con firmeza el recién llegado–. Antes de tocarle un solo pelo te las vas a tener que ver conmigo.

 

El voluminoso agresor se había enfrentado a chicos muchos más grandes que aquel y jamás se había echado para atrás, pero había algo en esos ojos que lo hizo dudar. No era una sensación que experimentara a menudo, salvo con su padre, un hombre violento y malhumorado que se emborrachaba frecuentemente y descargaba en él todos sus fracasos y miserias.

Titubeó, carraspeó, intentó hablar y sobreponerse a esa extraña sensación, pero no lo logró. Tenía que hacer algo, no quería que los demás vieran que flaqueaba. Después de todo era el más temido del colegio y no podía permitir que un recién llegado lo humillara.

 

Sonó el timbre. El recreo había terminado y otros cuarenta y cinco minutos de clase los estaban esperando. Era una excelente oportunidad para zafar con algo de altura.

–¡Te salvó la campana, si no ésta no la contabas!
–dijo envalentonándose–. Pero ya nos volveremos a ver, y haré que te arrepientas por haberte metido, ¡y tú Santiago no creas que te librarás tan fácil...! –agregó señalándolo con el dedo mientras se marchaba.

–Gracias Tomi por haber intervenido –agradeció el menor de los tres hermanos, mientras veían alejarse al Batuque.

–De no ser por ti, el pobre estaría ahora revolcándose de dolor por el piso.

–¡Ja, ja, ja...! –rió con ganas Tomás–. Nunca dejas de sorprenderme... Bueno, vamos o llegaremos tarde a la próxima clase.

–Esteeee..., por casualidad ¿no te habrá quedado algún sandwichito del almuerzo, no? ¡Tengo un hambre!

 

Todos los chicos se dirigieron a sus respectivas clases, comentando ávidamente lo sucedido en el recreo entre el temido Batuque y los nuevos. Todos salvo uno, el Batuque, no regresó a la clase y no lo volvieron a ver por el resto del día en el colegio.

A media tarde sonó el timbre que anunciaba el final del día escolar. A ese timbre lo esperaban con ansias los tres hermanos, porque era el momento en que volvían a juntarse, y porque regresaban a ese mundo mágico y misterioso que descubrieran en la vieja casona de los abuelos y que tanto los cautivara desde el principio.

Se reunieron a la salida del colegio. Este año no estaban juntos ya que a diferencia del colegio de El Pinar, en éste primaria y secundaria se encontraban en edificios distintos aunque contiguos, y a pesar de que se hallaban tan cerca, la directora no permitía que los alumnos del liceo se mezclaran con los de primaria. Ni siquiera para el almuerzo.

Los chicos iban y venían del colegio en sus bicicletas. Ese día, mientras volvían, le contaron a Luli el altercado de Santi con Batuque, el matón de primaria. Estaban charlando, cuando al cruzar una de las típicas y arboladas avenidas de El Prado, vieron al susodicho, en la esquina contraria, hablando con un par de muchachos mayores, con pinta de facinerosos.

Se detuvieron un minuto, para dejar pasar los autos, y vieron cómo estos dos muchachotes le entregaban algo y rápidamente se alejaban. Lo mismo hizo Batuque en dirección contraria.

–¿Qué le habrán dado? –se pregunto Tomás–. ¿Y en qué andará con esas amistades tan extrañas?

 

La luz del semáforo les dio paso y reemprendieron el camino a casa de Papo y Nani, sus fantásticos abuelos.

Al llegar a la casona, sus más fieles amigos, Tango el perro y Simón el ganso, los recibieron con gran algarabía; Tango aún guardaba, sobre su lomo, algunas marcas de las heridas recibidas durante la terrible batalla ocurrida en el Recinto, donde había sido una pieza esencial en el desarrollo de la misma. Él, con su infalible olfato, fue el que desenmascaró al Metamorcorpus que había logrado hacerse pasar por el tío Agustín, y el que le proporcionó a Tomi la distracción necesaria para que pudiera vencer, con su rayo de luz, al enorme dragón en el cual aquél se había transformado.

Jugaron por un buen rato como lo hacían todas las tardes, aunque, como el pequeño conejito Brownie no había aparecido, no pudieron comunicarse con sus mascotas más que con señas y muecas. Seguramente el animalito traductor estaría durmiendo. Después de lo acontecido en la casa, se había vuelto un poco perezoso.

 

Dejaron sus mochilas del cole en el cuarto y corrieron al sótano. Se morían de ganas de seguir aprendiendo e investigando sus verdaderos orígenes, y el abuelo Papo los estaba poniendo al día sobre este nuevo y alucinante universo en el que habían empezado a circular. Al pasar por la cocina, Amanda, la mágica y centenaria cocinera, los detuvo:

–¡Momentito, niños!, ¿adónde creen que van?

–Vamos al sótano, Mandita, a ver al abuelo Papo
–dijo el menor de los hermanos que ya le había inventado un nombre a la bruja casera.

–Me parece muy bien. Pero lo harán después de tomar la merienda.

–¡Uy, no! –dijo Lucía– tenemos algo para contarle a Papo, es importante.

–Más importante es que se alimenten bien, pero bueno, si es eso lo que quieren, voy a tener que guardar estos riquísimos panqueques de dulce de leche y canela y las medialunitas de manteca rellenas que les preparé...

–Nooono, ¡no...! –interrumpió Santiago–. ¡Chicos, es una descortesía de nuestra parte hacerle este desaire a Amanda! Después de todo, estuvo mucho tiempo amasando, con mucho amor, estas delicias para nosotros. Además tiene razón: hay que estar bien alimentados...

–¡Mirá careta! Si te conoceré... Sabes perfectamente que a Amanda no le cuesta nada preparar estas maravillas. Con su magia es capaz de hacer cien cosas al mismo tiempo sin problemas, y tú estás mejor alimentado que un regimiento entero de soldados. Lo que pasa es que eres incapaz de negarte a unos platillos como estos, ¿verdad? –dijo Luli con gesto cómplice.

–Es que es más fuerte que yo, no puedo evitarlo. La comida rica me atrapa con sus olores embriagadores, sus fantásticos colores y esos gustos tan variados... –dijo, entrecerrando los ojos y relamiéndose.

 

Media hora más tarde, Lucía y Tomás ingresaban en el Recinto de las Mil Cuevas. Unos metros más atrás venía Santiago, comiéndose todavía un panqueque.

A pesar de que ya habían entrado infinidad de veces, el Recinto todavía les provocaba un aluvión de emociones, no sólo por lo grandioso del lugar o porque recordaban nítidamente los peligrosos momentos vividos, sino porque éste cambiaba de forma constantemente. Los colores de la gran cúpula de roca translúcida nunca eran los mismos y fluctuaban en forma continua. Además, el sitio de las distintas cuevas también cambiaba. Lo único que permanecía siempre igual era la ubicación de los siete portales dimensionales y Rumbo-nor, el artefacto guía para circular por ellas,  emplazado en el centro mismo del Recinto.

Aunque se había desarrollado una terrible batalla en el Recinto hacía tan sólo un par de semanas antes, y éste había quedado muy maltrecho, se encontraba ahora impecable, como si nada hubiera ocurrido. Al principio, les había parecido a los chicos muy extraño porque no habían visto a nadie trabajando en las reparaciones, pero luego pensaron que podía haber sido Amanda con sus hechizos quien arreglara los desastres provocados por el Metamor-corpus.

Al preguntarle al respecto, se llevaron una sorpresa cuando Amanda les contestó:

–¡Noooo!, los pequeños seres no me permiten que intervenga en sus quehaceres. El Recinto es un lugar vedado a mis hechizos...

–¿Pequeños seres? ¿Qué pequeños seres? –preguntó Luli.

–¿Cómo qué pequeños seres? ¡Los Tópitop! Ellos son los encargados del mantenimiento del Recinto, los portales y todas las cavernas. Son ellos los que construyen las cuevas que nos llevan a donde queramos y las mantienen operativas. Ellos son los que se encargan de atender a los distintos inquilinos de las cuevas-dormitorio –respondió la bruja.

–¿Los Tópitop? ¡Que nombre más dulce! ¿Y cómo es que nunca los hemos visto? –preguntó Luli muy interesada.

–Porque son muy tímidos, no les gusta que los vean. Además trabajan de noche y a pesar de que casi nadie los ha visto jamás, se dice que son unos pequeños seres, de unos ochenta centímetros de altura, peludos, de color marrón y de aspecto tierno. Seres realmente abocados a su trabajo, son considerados como los mejores excavadores de los siete portales. ¡Incluso mejores que los enanos mineros de Bromodia!

 

Metamorcorpus, Aracnodum, los Tópitops, ¡los enanos mineros de Bromodia...! Sin duda lo que más sorprendía a los chicos, era la infinidad de nuevos mundos y personajes insólitos que a cada rato surgían en las conversaciones. No terminaban de enterarse de uno cuando surgía otro aún más extraordinario. Ni en sus sueños más fantasiosos hubieran podido imaginarse un mundo tan complejo y rico. ¡Y resulta que es real!

 

En el Recinto, no encontraron al abuelo, así que decidieron ir al escritorio de éste. Tomarían la cueva que comunica con ese aposento, aunque primero, claro, deberían encontrarlo...

–Muy lindo el Recintito este. Lindos colores y muy cambiante, pero cada vez que queremos ir al escritorio de Papo desde aquí, perdemos como veinte minutos buscando la entrada al túnel. No sé si no sería mejor ir por la  principal, desde la casa.

–No esta vez, Tomolo. La encontré. Hoy está entre la cueva del reino de los Gigantes de Barro y la de la Anémona Solitaria del Espacio –dijo Santi leyendo los carteles que colgaban en el acceso de las cuevas.

 

De repente un enorme y viscoso tentáculo salió ame-nazadoramente de la caverna de la Anémona, intentando atrapar al niño que en ese momento le daba la espalda.

–¡Cuidado, Santi! –gritó Luli–. ¡Atrás tuyo!

Santi giró y logró esquivar los primeros intentos de la elástica extremidad invertebrada por agarrarlo. Saltó para acá y luego para allá, se agachó, tres pasitos a la derecha y luego giró. Si no hubiera sido porque la situación era harto peligrosa, habrían podido disfrutar de los movimientos del muchacho que resultaron en un baile muy gracioso.

Antes de que Tomi pudiera hacer nada por ayudarlo con su fantástico poder, una enorme piedra pasó sobre sus cabezas y golpeó al tentáculo, que se retrajo adolorido hacia la cueva de la cual había salido.

–¡Hola, chicos!, ¿cómo están? –dijo el recién llegado como si nada hubiera pasado, como si cosas así formaran parte de su vida diaria.

–¡Don Odoro!, ¡qué oportuno! –dijo Tomi.

–Parece que está condenado a salvarnos –añadió Luli.

–¡Bah!, tonterías. Pero deberían tener más cuidado con las cuevas a las que se acercan, algunas pueden resultar muy peligrosas –gruñó el recién llegado.

–¿Y qué hace por acá, Don del Estanque? –preguntó Santi con cierto sarcasmo.

–Voy a visitar a tu abuelo. Él me llamó, quiere que vea algo.

–Nosotros también íbamos a hablar con él. ¿Vamos juntos? –dijo Luli.

 

Don Odoro Porco del Estanque, ¡qué personaje más particular! Había sido el vecino de los chicos cuando éstos vivieran en El Pinar. Un tipo hosco y malhumorado. Muy voluminoso y sebáceo. Todo el mundo lo evitaba y se murmuraban terribles historias en torno a su persona. Casado con Doña Clota, tenía dos hijos: Adoquín y el Varilla, tan distintos como el agua y el aceite. Se dedicaba a la cría de perros ovejeros alemanes. Aparentaba ser un sujeto siniestro y terminó salvando a los tres niños de ser devorados por unos dinosaurios depredadores de la era Jurásica, y siendo un valioso colaborador de Papo.

 

Entraron al espacioso y extravagante escritorio del abuelo, pero en una búsqueda superficial no lo encontraron allí. Claro que Santi no fue de la partida en la exploración porque se metió en un raro vehículo blindado que Papo había construido para investigar los pantanos de ácido molecular de Xjimendon, un planeta de la constelación Bordón, aún no descubierta por los astrónomos terrestres.

–¡Qué raro! –señaló Odoro–. Me dijo que estaría aquí.

–Y aquí estaba –interrumpió Amanda, provocando que los chicos se sobresaltaran a causa de la imprevista aparición de la bruja. Aún no lograban acostumbrarse a las excentricidades que ocurrían en aquella casa–. Estaba estudiando unos antiguos pergaminos cuando de repente salió corriendo y se dirigió hacia la Torre Norte. Desde hace días lo noto muy extraño.

–¿La Torre Norte? –preguntó Tomi–. ¿Qué es eso?

–La Torre Norte. La que queda al norte de la casa. Ese volumen cilíndrico de piedra que se eleva sobre el resto de la casa.

–¿Así que eso es una Torre de verdad? Pensamos que era un tanque de agua. Buscamos muchísimo la forma de llegar a ella y nunca encontramos nada –dijo Luli–. ¿Cómo llegamos allá?

–¡Facilísimo! En el ala sur, en la biblioteca, el anaquel que está junto a la ventana es una puerta falsa. Hay que encontrar la forma de abrirla. Existe un largo corredor y al final arranca una escalera de caracol que baja y se dirige a la Torre –explicó Amanda. Una explicación totalmente absurda pero perfectamente posible en aquella asombrosa casona.

–¿Y por qué ya que nos explicó tan amablemente cómo llegar allí, no nos dice cómo abrir la bendita puerta escondida? –preguntó Santi.

–Porque no lo sé..., sólo vuestro abuelo lo sabe. Yo jamás estuve en la Torre y no se qué hay ni qué sucede allí...

Índice

 

      1.    La primera desaparición.............................................................. 5

      2.    Problemas en el cole.................................................................. 11

      3.    Una importante noticia.............................................................. 21

      4.    Una nueva desaparición........................................................... 33

      5.    Las Tablas del Destino............................................................. 47

      6.    El plan de rescate....................................................................... 63

      7.    La pócima Antimal..................................................................... 77

      8.    La savia del Roblente................................................................ 85

      9.    El viaje a Bosquín...................................................................... 95

    10.    Hormkel, el unicornio.............................................................. 103

    11.    El manantial sagrado............................................................... 117

    12.    Un descubrimiento inesperado.............................................. 129

    13.    Viaje a la galaxia Bordón......................................................... 137

    14.    El rescate de Luli...................................................................... 151

    15.    La desaparición de Papo......................................................... 161

    16.    La despedida............................................................................ 171

    17.    El Paso Ducol........................................................................... 179

    18.    Decadunol................................................................................. 187

    19.    El ingreso a Bódegoll.............................................................. 197

    20.    La traición................................................................................. 205

    21.    El misterio de la Torre Norte................................................... 213

    22.    La huida de Decadunol........................................................... 221

    23.    El bautismo............................................................................... 231

 

 

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